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Literatura de la República Dominicana

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Literatura de la República Dominicana hace referencia a las manifestaciones literarias producidas en el territorio del país o fuera de él por dominicanos. Aunque sólo puede hablarse con rigor de literatura dominicana tras la independencia del país, se acostumbra incluir la producción literaria de la época colonial.

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Historia de la literatura dominicana [editar]

Difícilmente antes del siglo XIX se podría hablar de textos fuera del casillero de la literatura colonial. Los primeros autores nacionales, entonces, contarían entre sus filas a José Núñez de Cáceres, Juan Pablo Duarte, Nicolás Ureña de Mendoza, que serían los que rondan el año 1844, el de la proclamación de la República Dominicana.

Luego vendrían José Joaquín Pérez, Manuel de Jesús Galván, Nicolás Ureña de Mendoza y su hija Salomé Ureña.

Como antecedente, el primer texto literario escrito en la isla, que se recuerda, es el Diario de navegación del genovés Cristóbal Colón, en el que el almirante describe el paisaje y los pobladores de América.

A partir de esa obra se sucederán otras en diversos géneros y en distintos momentos de su evolución histórica. Cristóbal de Llerena escribe el entremés Octava de Corpus Christi y, durante la etapa colonial, Leonor de Ovando escribe algunos sonetos, por lo que se le considera la primera mujer en escribir poesía de este lado del mundo.

La poesía, la novela, el cuento, el ensayo y la historia han expresado el discurrir político, social y económico del país que desde la hazaña del descubrimiento se ha impregnado de múltiples corrientes de pensamiento, sobre todo europeas y estadounidenses inicialmente, y del lejano oriente en las producciones de algunos escritores de finales del siglo XX.

La poesía ha tenido exponentes prominentes. El siglo XIX fue uno de los que más robusteció el género, aunque el XX fue todavía más prolífico y significó la evolución hacia su madurez, con el surgimiento de las vanguardias.

Aunque se desarrolló tardíamente, la novela ha tenido y tiene exponentes importantes en el país, aunque su desarrollo no ha escalado como las otras manifestaciones literarias. Surgió bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo y acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”, la “novela bíblica” y “novelas costumbristas”.

El cuento ha tenido más trascendencia que la novela. El aporte de Juan Bosch, maestro del género en Hispanoamérica, ha sido fundamental. El escritor y político escribió tres significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por otros países.

Durante décadas, los intelectuales dominicanos han tenido en el ensayo un escenario que han ampliado y desarrollado con talento. Destacan los ensayos políticos de los independentistas, los conservadores y los restauradores. Uno de sus mejores exponentes en la arena internacional fue don Pedro Henríquez Ureña.

La pasión local por los temas históricos, sobre todos los que abordan el tema de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y otros episodios políticos trascendentales, ha influido en el desarrollo de historiadores de fuste en diferentes épocas de la República.

La poesía [editar]

Según el escritor Basilio Belliard, el momento más espléndido de la poesía dominicana del siglo XIX es el que conforman Salomé Ureña, José Joaquín Pérez y Gastón Fernando Deligne, tres pilares donde descansa la modernidad de nuestra poesía de la época en sus vertientes patriótica, indigenista y psicológica. Pero no es sino en el siglo XX cuando nuestra poesía alcanza la categoría de moderna, con el surgimiento de las vanguardias.

La poesía es el género más cultivado desde Manuel María Valencia, el primer poeta romántico, pasando por Fabio Fiallo y otros que asimilan las influencias de las corrientes literarias europeas, hasta la irrupción incipiente del modernismo en tres figuras importantes como Valentín Giró, Ricardo Pérez Alfonseca y Osvaldo Bazil, cuyas influencias de Darío languidecen con la aparición del postumismo, hacia 1921. Tal es el caso de Otilio Vigil Díaz, el introductor de las vanguardias en las letras dominicanas, y gran renovador de nuestra lírica, influido por el simbolismo francés. Así, funda el primer movimiento poético de carácter unipersonal, al que se le sumó Zacarías Espinal y al que denominó vedrinismo, llamado así porque en sus versos intentaba hacer las piruetas que hacía en el aire un aviador francés de nombre Jules Vedrines.

Vigil Díaz introduce la modernidad al crear el verso libre y el poema en prosa con sus libros Góndolas (1912) y Galeras de Pafos (1921). Después de él, la poesía dominicana vive otro gran momento representado por Domingo Moreno Jimenes, al fundar, junto al filósofo Andrés Avelino y al poeta Rafael Augusto Zorrilla, el postumismo, en 1921.

Redactan un manifiesto en el que niegan las vanguardias y favorecen una poesía de carácter nacionalista que rescate el color local, el paisaje y la identidad del hombre dominicano. Con el postumismo la tradición poética dominicana se renueva y sacude para incubar nuevas voces que la fortalecen.

A este movimiento le sigue la Poesía Sorprendida, el grupo más pujante y de una gran apertura estética, conformado por grandes poetas como Franklin Mieses Burgos, Mariano Lebrón Saviñón,Antonio Fernández Spencer, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón Arce, entre otros. Este conjunto de poetas tenía como lema la “poesía con el hombre universal”, contrario al postumismo.

Después le sigue la generación de los Independientes del 40, integrada por Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir y Tomás Hernández Franco, los cuales publicaron poemas emblemáticos como Compadre Mon, Hay un país en el mundo, Poema de una sola angustia y Yelidá.

De los Sorprendidos se desprende otro grupo de poetas antitrujillistas llamados la Generación del 48, conformada, entre otros, por Víctor Villegas, Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres, Rafael Valera Benítez, Abelardo Vicioso, etc.

En los años sesenta, a raíz de la caída del régimen de Trujillo, surgen los escritores de la Generación del Sesenta con Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, René del Risco, Jeannette Miller y Miguel Alfonseca.

En la misma década, y como consecuencia de la Guerra de abril del 65, surge el movimiento llamado Poetas de Postguerra (o Joven Poesía), con Mateo Morrison, Andrés L. Mateo, Enriquillo Sánchez, Tony Raful, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Soledad Álvarez, entre otros.

En los años ochenta aparece un movimiento poético que funda una ruptura con aquella generación al desentenderse de lo ideológico y de la circunstancia histórica, creando una poesía del pensamiento y la reflexión sobre otros temas: no ya lo social, sino lo filosófico, la muerte y lo erótico.

Entre esos poetas están Leandro Morales, José Mármol, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Médar Serrata, Víctor Bidó, José Alejandro Peña, etc.

Cabe destacar poetas de transición de finales de los años setenta y principios de los ochenta, como José Enrique García, autor del libro El fabulador y Cayo Claudio Espinal creador del Movimiento Contexualista y autor de los libros Utopía de los vínculos, Banquetes de aflicción, Comedio (entre gravedad y risa), Las políticas culturales en la República Dominicana, La mampara y Clave de estambre.

También de transición, aparece en 1993 Preeminencia del tiempo, de Leopoldo Minaya, tal vez la obra poética fundamental de la última década del siglo XX, caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que integra el canon clásico a las diversas escuelas de vanguardia, revelando una angustia existencial que remonta a las esencias mismas del espíritu humano.

La novela [editar]

La primera novela escrita por un dominicano fue El montero (1856, publicada en París), de Pedro Francisco Bonó.

Luego le siguió La fantasma de Higuey (1857, publicada en La Habana) de Francisco Angulo Guridi, aunque algunos historiadores de la literatura dicen que la primera novela dominicana es Los amores de los indios (1843, publicada en La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la poesía, el ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879) de Manuel de Jesús Galván, que es la gran novela indigenista del Nuevo Mundo.

La novela es un género tardío en la República Dominicana. Surge bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo. Como se ve, la historia de la literatura dominicana es la historia de la poesía o, más bien, de generaciones poéticas. Un gran hito de la novelística dominicana lo constituye la novela Sólo cenizas hallarás (bolero) de Pedro Vergés, con la que obtuvo los premios Blasco Ibáñez y el de la crítica en España en 1980.

La novela dominicana acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”, representada por Cañas y bueyes de Moscoso Puello, Over de Marrero Aristy y Jenjibre de Pérez Alfonseca.

Luego la “novela bíblica” de Carlos Esteban Deive, Veloz Maggiolo y Ramón Emilio Reyes y la “novela propagandística” como Los enemigos de la tierra de Requena, Trementina, clerén y bongó y “novelas costumbristas” como La cacica de Rafael Damirón, Baní o Engracia y Antoñica de F. Gregorio Billini, La mañosa de Juan Bosch y la triología de García Godoy, compuesta por Rufinito, Guanuma y Alma dominicana .

Dentro de los novelistas más consagrados y de mayor proyección internacional en el momento actual se encuentra Marcio Veloz Maggiolo, autor de una decena de novelas, versátil escritor, pues ha cultivado el cuento, el ensayo histórico-arqueológico, el teatro y la novela. Junto a Aída Cartagena Portalatín funda la novela experimental, el primero con Los ángeles de hueso (1967) y la segunda con Escalera para Electra (1970). No obstante esa realidad, muchos críticos literarios afirman que la gran novela dominicana aún no se ha escrito, a pesar de la existencia de novelas como La sangre de Tulio Manuel Cestero, Over de Ramón Marrero Aristy, La mañosa de Bosch, Biografía difusa de Sombra Castañeda de Veloz Maggiolo o La balada de Alfonsina Bairán de Andrés L. Mateo.

El cuento [editar]

El cuento es un género que ha tenido mejor suerte que la novela, pues tenemos el privilegio de contar con un maestro del género en Hispanoamérica como lo es Juan Bosch, quien escribió tres significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por otros países. El primer cuento breve que se conoce es El garito (1854) de Ángulo Guridi.

Las primeras leyendas y relatos de tradición oral que llegan a la isla provienen de los conquistadores, a través de sus intelectuales y religiosos que las esparcen por todo el territorio nacional. En el siglo XIX las primeras narraciones son de corte costumbristas, y la principal figura de esta tendencia es César Nicolás Penson, autor de Cosas añejas.

Ya en el siglo XX tenemos la figura de Fabio Fiallo, quien escribe cuentos modernistas influidos por su amigo Rubén Darío con Cuentos frágiles (1908), así como Tulio Manuel Cestero y Virginia Elena Ortea.

Otros importantes exponentes del género son José Ramón Lopez, René del Risco, Virgilio Díaz Grullón, Hilma Contreras, Sanz Lajara, José Rijo, Diógenes Valdez, Pedro Peix, entre otros. Desde la temática costumbrista y socio-realista de Bosch, Sócrates Nolasco, Néstor Caro y Marrero Aristy.

Durante del régimen de Trujillo, surgen los escritores de la Generación del Sesenta con Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, René del Risco, Jeannette Miller y Miguel Alfonseca.

En la misma década, y como consecuencia de la Guerra de abril del 65, surge el movimiento llamado Poetas de Postguerra (o Joven Poesía), con Mateo Morrison, Andrés L. Mateo, Enriquillo Sánchez, Tony Raful, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Soledad Álvarez, entre otros.

En los años ochenta aparece un movimiento poético que funda una ruptura con aquella generación al desentenderse de lo ideológico y de la circunstancia histórica, creando una poesía del pensamiento y la reflexión sobre otros temas: no ya lo social, sino lo filosófico, la muerte y lo erótico. Entre esos poetas están Leandro Morales, José Mármol, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Médar Serrata, Víctor Bidó, José Alejandro Peña, etc. Cabe destacar poetas de transición de finales de los años setenta y principios de los ochenta, como José Enrique García, autor del libro El fabulador y Cayo Claudio Espinal creador del Movimiento Contexualista y autor de los libros Utopía de los vínculos, Banquetes de aflicción, Comedio (entre gravedad y risa), Las políticas culturales en la República Dominicana, La mampara y Clave de estambre. También de transición, aparece en 1993 Preeminencia del tiempo, de Leopoldo Minaya, tal vez la obra poética fundamental de la última década del siglo XX, caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que integra el canon clásico a las diversas escuelas de vanguardia, revelando una angustia existencial que remonta a las esencias mismas del espíritu humano.

La novela editar

La primera novela escrita por un dominicano fue El montero (1856, publicada en París), de Pedro Francisco Bonó. Luego le siguió La fantasma de Higuey (1857, publicada en La Habana) de Francisco Angulo Guridi, aunque algunos historiadores de la literatura dicen que la primera novela dominicana es Los amores de los indios (1843, publicada en La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la poesía, el ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879) de Manuel de Jesús Galván, que es la gran novela indigenista del Nuevo Mundo.

La novela es un género tardío en la República Dominicana. Surge bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo. Como se ve, la historia de la literatura dominicana es la historia de la poesía o, más bien, de generaciones poéticas. Un gran hito de la novelística dominicana lo constituye la novela Sólo cenizas hallarás (bolero) de Pedro Vergés, con la que obtuvo los premios Blasco Ibáñez y el de la crítica en España en 1980.

La novela dominicana acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”, representada por Cañas y bueyes de Moscoso Puello, Over de Marrero Aristy y Jenjibre de Pérez Alfonseca. Luego la “novela bíblica” de Carlos Esteban Deive, Veloz Maggiolo y Ramón Emilio Reyes y la “novela propagandística” como Los enemigos de la tierra de Requena, Trement hasta la vertiente psicológica de Díaz Grullón y la temática urbana de del Risco o la fantástica de Peix, el cuento ha experimentado una variedad de facetas que lo hacen ser un género de una riqueza expresiva, temática y técnica encomiable.

En los años ochenta se destacan René Rodríguez Soriano, Ángela Hernández, Rafael García Romero, Pedro Camilo, Avelino Stanley, Ramón Tejada Holguín, César Zapata, Manuel García Cartagena y en los años noventa, Pedro Antonio Valdez, Pastor de Moya, José Acosta, Luis Martín Gómez, entre otros.

El ensayo [editar]

Escrito en prosa sobre un tema específico sin pretensiones científicas ni conclusión definitiva. El término ensayo fue usado originalmente para designar aquellos escritos experimentales que oscilaban entre la ciencia y la literatura. Pero esa concepción ha ido cambiando paulatinamente, al extremo de que en la actualidad se le da categoría de ensayo a aquellos textos que mediante la exposición, la discusión y la evaluación de un tema detergí-nado pretende validar la tesis expuesta en el mismo. El iniciador del género fue el francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien en 1580 publicó una serie de escritos sobre sus confesiones personales titulado Essais (Ensayos). Posteriormente, en 1597, el inglés Francisco Bacon (1561-1626) dio a la publicidad su obra Ensayos, meditaciones religiosas, tópicos de persuasión y de discusión. Entre otros propulsores europeos del ensayo sobresalen: Joseph Addison (1672-1719), Gaddhold Lessing (1729-1781), Johann Goethe (1749-1832), Tomás Carlyle (1795-1881), Tomás Macaulay (1800-1859), Hipólito Taine (1828-1893), Paul Valéry (1871-1945), Thomas Mann (1875-1955) y Gyorgy Lukacs (1885-1971).

En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo XIX, han ganado fama como ensayistas Angel Ganivet (1865-1898), Miguel de Unamuno (1864-1936), José Ortega y Gasset (1883-1955) y Amé-rico Castro (1885-1972). Hispanoamérica, por su parte, ha dado figuras de la talla de Juan Montalvo (1833-1889), José Martí (1853-1895), José Vasconcelos (1881-1959), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Carlos Mariátegui (1895-1930), Octavio Paz (1914-1998) y Roberto Fernández Retamar (1930). En República Dominicana, como en casi todo el que resto de América Latina, el ensayo surge formalmente en la segunda mitad del siglo XIX y adquiere notoriedad en el XX. Su orientación ha sido tradicionalmente histórica, política, sociológica y literaria. Es difícil fijar el punto de partida del ensayo dominicano, pues antes de que dicho género alcanzara cierto nivel de madurez en el país, hubo un grupo considerable de escritores que expresaron sus inquietudes políticas, sociales y literarias a través de la prosa ensayística. Los ideales revolucionarios de los independentistas y los restauradores, así como el arribismo y el antinacionalismo de los intelectuales conservadores dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX predominan en los escritos periodísticos de los más valiosos representantes de la primera oleada de ensayistas nacionales. Los artículos de Alejandro Angulo Guridi (1816-1884), particularmente los publicados en los semanarios El Orden, La Re-pública, La Reforma y El Progreso y reunidos posteriormente en su obra Temas políticos (1891), reflejan el nivel de desajuste político de la sociedad dominicana de su época. Aunque menos profundo que Guridi en el análisis de temas políticos, pero más hábil que muchos de sus coetáneos en la percepción de las costumbres y los males sociales locales, Ulises Francisco Espaillat (1823-1878) motivó a muchos de sus acólitos a cultivar la prosa periodística. Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato recuerdo para el pueblo dominicano por su contenido alienante y pesimista, fueron los editoriales anexionistas del periódico La Razón firmados por Manuel de Jesús Galván (1834-1910) los cuales fueron complementados años después con su defensa a Pedro Santana divulgada en los semanarios Oasis y Eco de la Opinión. Otra figura importante en esa etapa embrionaria de la ensayística nacional fue Manuel de Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), autor de ensayos sobre la novela Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván y Fantasías indígenas, de José Joaquín Pérez. Pero el más notable ensayista literario dominicano del siglo XIX y de las dos primeras décadas del XX fue Federico García Godoy, quien inició su labor crítica en 1882 en el periódico El Porvenir extendiéndose hasta el momento de su muerte, ocurrida en 1924. Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y periódicos nacionales y extranjeros y en sus obras Perfiles y relieves (1907), La hora que pasa (1910), Páginas efímeras (1912), El derrumbe, 1916 y Americanismo literario (1918). José Ramón López (1866-1922), aferrado originalmente a la propuesta gastronómica que asocia el triunfo de los pueblos al tipo de alimentación de sus habitantes, figura entre los primeros de un connotado número de intelectuales nacionales que como Américo Lugo (El Estado dominicano ante el derecho público, 1916 y El nacionalismo dominicano, 1923), Francisco Moscoso Puello (Cartas a Evelina, 1941), Manuel Arturo Peña Batlle (La isla de la Tortuga), Juan Isidro Jimenes Grullón (La República Dominicana,: una ficción, 1965), Joaquín Balaguer (La isla al revés, 1983) y Juan Bosch (El pentagonismo, sustituto del imperialismo, 1963 y David, biografía de un rey, 1968), se disputaron las diversas corrientes ideológicas de la ensayística isleña. De ellos, Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer, supeditaron su producción a la corriente denominada pesimismo dominicano, la cual partía de la creencia conservadora de que la República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sí misma. Otros, en cambio, como Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch se apoyaron en el discurso sociológico e histórico para revisar muchos y rectificar muchos de los planteamientos de sus predecesores inmediatos.

Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas históricos y sociológicos prima el interés por deslindar el concepto de nacionalidad, los conflictos raciales y la función social de los intelectuales locales. Los ensayos de Manuel Núñez (El ocaso de la nación dominicana, 1990), Andrés L. Mateo (Mito y cultura en la era de Trujillo, 1993), José Rafael Lantigua (La conjura del tiempo, 1994) y Federico Henríquez Gratereaux (Un ciclón en una botella, 1996) son ejemplos notables de dicha tendencia. Otros, como Miguel Guerrero (Los últimos días de la era de Trujillo, 1995, La ira del tirano, 1996 y Trujillo y los héroes de junio, 1996) y MuKien Adriana Sang (Ulises Heureaux: biografía de un dictador, 1987, Buenaventura Báez, el caudillo del Sur, 1991 y Una utopía inconclusa: Espaillat y el liberalismo dominicano del siglo XIX, 1997) han encontrado en el pasado histórico la vía idónea para revisar muchos capítulos nebulosos de la historia nacional, especialmente los relacionados con el papel jugado por varios de los dictadores dominicanos.

Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a ganar terreno. Surgen, entonces, las voces de Pedro Henríquez Ureña (Ensayos críticos, 1905, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, 1927, Literary Currents en Hispanic América, 1946), Max Henríquez Ureña (Breve historia del modernismo, 1964), Camila Henríquez Ureña (Apreciación literaria, 1964) y Antonio Fernández Spencer (Ensayos literarios, 1960) quienes asumen, por primera vez en la historia de las letras dominicanas, el análisis y la crítica literarias con objetividad científica. Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo culto y lo popular en la poesía dominicana, 1979, La imaginación insular, 1984 y La creación mitopoética, 1989), Diógenes Céspedes (Seis ensayos sobre poética latinoamericana, 1983, Estudios sobre literatura, política Lenguaje y poesía en Santo domingo en el siglo XX, 1985, Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX, 1995), José Alcántara Almánzar (Estudios de poesía dominicana, 1979), Daisy Cocco De Filippis (Estudios semióticos de poesía dominicana, 1984) y Manuel Matos Moquete (El discurso teórico en literatura en América Hispánica, 1983 y En la espiral de los tiempos, 1998), la más reciente promoción de ensayistas literarios nacionales, entre ellos: Manuel Mora Serran
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POESIA DOMINICANA. Tres obras fundamentales documentan las primeras actividades poéticas de los nativos de La Española, iniciadas en la segunda mitad del siglo XVI. Ellas son: Elegías de varones ilustres de Indias (1589), de Juan de Castellanos (1522-1607); Dis-cursos medicinales (obra inédita cuyo manuscrito se encuentra en la Universidad de Salamanca), de Juan Méndez Nieto (1531-1616) y Silva de poesía (obra también inédita depositada en la Biblioteca de la Real Academia de Historia de Madrid), de Eugenio Salazar y Alar-cón (1530-1602)

En Elegías de varones ilustres de Indias, una extensa crónica compuesta de 113,609 versos Caste-llanos destaca los acontecimientos más sobresalientes de la conquista del Nuevo Mundo y menciona, sin incluir textos de ellos, a los versificadores a Juan de Guzmán, Francisco de Liendo, Arce de Quirós y Diego de Guzmán. Del mismo modo, Juan Méndez de Nieto se refiere, en Discursos medicinales, se refiere a la condición de versificadores de Juan de Guzmán y Luis de Angulo.

Eugenio Salazar y Alarcón, por su parte, en la introducción a su Silva de poesía, da constancia de la existencia de los versificadores Francisco Tostado de la Peña, El vira de Mendoza y Leonor de Ovando. De Tostado de la Peña sólo se conoce un soneto escrito en 1573 celebrando la llegada a La Española de Salazar de Alarcón, nombrado Oidor de la Isla el 19 de junio ese mismo año. De Elvira de Mendoza no sobrevivió nada y de Leonor de Ovando se conservan cinco sonetos y unos versos sueltos, escritos entre 1574 y 1580 para responder a igual número de composiciones que les dedicó Salazar en ocasión de diferentes festividades religiosas. El soneto de Tostado de la Peña carece de valor literario; en cam-bio, los de Sor Leonor de Ovando, perteneciente al convento Regina Angelorum, testifican la presencia de una lírica sostenida desde los primeros años de vida colonial dominicana..

Marcelino Menéndez y Pelayo, en su Historia de la poesía hispanoamericana, apenas le concede va-lor bibliográfico a los textos poéticos de Sor Leonor de Ovando, ignorando con ello la riqueza descriptiva de los motivos religiosos y la profundidad mística de sus versos. Pelayo no advirtió en Leonor de Ovan-do que su lírica respondía a la práctica común de los modelos vigentes en la España imperial de enton-ces. Al respecto ha señalado Carlos Federico Pérez en Evolución poética dominicana “Dentro de las líneas del apremio clasicista a que propendía la poética de alto vuelo es posible señalar en Leonor de Ovando particularidades de interés. El concepto místico es una de ellas. La sutileza conceptual obedece a los mismos intereses que en un orden más predominantemente retórico produjeron las modalidades externas del barro-co literario, con su abuso de la metáfora, el neologismo y el hipérbaton. El juego conceptual es parte de lo que luego sería el contenido del mismo fenómeno” (31). Además del juicio de Car-los Federico Pérez, Leonor de Ovando tiene privilegio de ser la primera mujer del Nuevo Mundo en incursionar en el terrero de la poesía, anticipándose casi un siglo a la destacada poeta y religiosa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.

Con el pretexto de controlar el contrabando comercial de los piratas ingleses, holandeses y france-ses que azotaban a la Isla, en agosto de 1603 Felipe II ordenó despoblar y destruir la parte norte de Santo Domingo. La orden real fue ejecutada por el gobernador Antonio Osorio, entre 1605 y 1606. Esa decisión de la Corona fue fatal para La Española, cuya hegemonía cultural y política había comenzado a debilitarse, debido a que el descubrimiento de México y Perú desplazó hacia esas zonas del Nuevo Mundo a muchos conquistadores deseosos de obtener gloria y fortuna. Un acontecimiento considerado por muchos hispanófilos como singu-lar para el avance la naciente cultura dominicana ocurrió en el tercer lustro del siglo XVII, la llegada de Tirso de Molina a La Española. Su participación con dos canciones, tres glosas, dos romances y una canción real de cinco estancias en un certamen poético organizado en la Isla el 8 de septiembre de 1615, del cual salió triunfador, le permitió obtener su primer triunfo importante como escritor. No hay, sin embargo, ninguna evidencia de que su estancia en La Española (1515-1517) influyera sobre los poetas isleños de entonces, pues el propósito de la misma era organizar los conventos de su orden establecidos en la isla.

La figura literaria de mayor relieve del siglo XVII fue el prosista Luis Gerónimo de Alcocer (1598-1665), autor de Relación sumaria del estado presente de la Isla Española en las Indias occidentales, escrito hacia 1650. Alcocer no hace mención de poetas en su relación. No es sino hacia finales del siglo que se dejan sentir los versificadores Tomasina de Leiva y Mosque-ra, Baltazar Fernández de Castro, Francisco Melgarejo Ponce de León, Antonio Girón de Caste-llanos, Alfonso de Carvajal, Diego Mar-tínez, Tomás Rodríguez de Rosa y Diego de Alvarado, quienes dejaron constancia de su labor poética en la introducción de la obra Antiaxiomas mo-rales, médicos, filosóficos y políticos (1682) Francisco Diez de Leiva.

La decadencia cultural y económica de Santo Domingo en el siglo XVIII, motivada por el estado de abandono a que sometió España a sus colonias hispanoamericanas, hizo que los escritores isleños más valiosos abandonaron el país en busca de un ambiente intelectual propicio para el desarrollo de sus ideas. A ese suceso adverso se suman el cierre de la Uni--versidad Santiago de la Paz y el traspaso de la parte oriental de la isla a Francia en 1795, me-diante el tratado de Basilea. El hecho más afortunado de esta centuria es llegada de la impren-ta al país, ocurrida a mediados de siglo, aunque el primer do-cumento impreso en Santo Do-mingo que se conserva (Novena para implorar la protección de María Santísima, por medio de su imagen Altagracia) data de 1800.

Antonio Sánchez Valverde y Ocaña (1729-1790) es el intelectual nativo más brillante del s-iglo XVIII. Se destacó como historiador, escritor, sacerdote, político y orador, pero no como poe-ta. Sus conoci-mientos de la historia, la geografía y las costumbres de La Española, desde el inicio de la vida colonial hasta el siglo XVIII, quedaron plasmados en Idea del valor de la Isla Española (1785). En Idea del valor de la Isla Española, Sánchez Valverde plantea, primero, la imposibilidad de separar la Isla Española de España, pues entendía que ambos territorios formaban un sólo país y, segundo, la importancia de que el rey de España estuviera informado del valor material que todavía tenía La Española para la Corona. Además de Idea del valor de la Isla Española, Valverde es autor de Reflexiones sobre el estado actual del púlpito y medios de su reforma e instrucción a predicadores (1781),El predicador (1782), Sermones panegíricos y de misterios (1783), y La América vindicada de la calumnia de haber sido la madre del mal venéreo (1785).

Otros autores importantes del siglo XVIII son Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768) y Jacobo Villaurrutia (1757-1833). Santa Cruz dedicó gran parte de su vida al sacerdocio, llegando a ocupar los obispados de Cuba y Nicaragua. Historia de la Isla y catedral de Cuba y Vista apostólica, topográfica, histórica y estadística de todos los pueblos de Nicaragua y Costa Rica son el fruto de sus misiones religiosas en esos países. Villaurrutia, por su parte, se edu-có en México y España, fue Oidor de Guatemala y Presidente del Supremo Tribunal de Justicia de México. Escribió Pensamiento escogidos de las máximas filosóficas del emperador Marco Aurelio (1876). La producción poética criolla fue prácticamente nula en el siglo XVIII, debido al predominio del racionalismo y al interés de nuestros escritores por la ciencias y por la historia. Entre los pocos versificadores que sobrevivieron de esta centuria se menciona al banilejo de Pedro José Peguero, a quien los críticos e historiadores literarios dominicanos le otorgan más mérito como imitador que como creador.

En enero de 1801 Toussaint Louverture invadió la parte española de la isla posesionando a su hermano Paul Louverture como gobernador de Santo Domingo. La inestabilidad política, social y eco-nómica que produjo dicho acontecimiento obligó a muchos intelectuales criollos a abandonar el país, especialmente a Cuba, México y Venezuela. Los descendientes de varios es esos emigrantes legaron obras valiosas a los países receptores, como ocurrió con José María Heredia y Heredia, llamado el Cantor del Niágara, nacido en Cuba en 1803 y su primo José María Heredia, autor de los elogiados sonetos Los trofeos, nacido también en Cuba en 1842. En 1809 España reconquista la parte de la isla controlada por los franceses, produciéndose así un renacer de las actividades culturales y educativas. La Universidad Santo Tomás de Aquino restableció la docencia (1815) y surgieron los primeros perió-dicos criollos, El telégrafo constitucional de Santo Domingo (1821), dirigido por Antonio María Pineda y El Duende (1821) bajo la dirección de José Núñez de Cáceres. Corresponde a Núnez de Cáceres también el honor de ser el primer fabulista dominicano y el dirigir el primer intento de independencia nacional.

En la fábula “La araña y el águila” de Núñez de Cáceres retrata la sociedad isleña de su época se-ñalando las debilidades, defectos, aciertos y desaciertos de las autoridades de turno. Otro poeta que dio a conocer sus versos a través de El Telégrafo Constitucional fue Antonio María Pineda. También surgieron poetas populares que se dedicaron a satirizar la situación política del momento. De ellos el más ingenioso fue Manuel Mónica (Meso Mónica), un anal-fabeto de oficio zapatero oriundo de Santo Domingo que según sus contemporáneos aprendió el arte de versificar escuchando a los profesores universitarios dictar cátedras de filosofía y poética.

Luego del frustrado proyecto independentista de 1821, encabezado por José Núñez de Cá--ceres, el país cayó nuevamente bajo el dominio haitiano por 22 años (1822-1844). Durante el período de ocupación las actividades culturales y artísticas se redujeron considerablemente en el país. La mayoría de las escuelas y universidades volvieron a suspender indefinidamente sus cátedras, los periódicos fueron clausurados y el poco material de lectura que circulaba en el territorio nacional estaba controlado por el gobierno. Por segunda vez en el todavía naciente siglo, numerosos dominicanos ilustres salieron del país hacia Puerto Rico, Cuba, Venezuela y España. Algunos de ellos, como los hermanos Javier y Alejandro Angulo Guridi, aportaron valiosos textos a la literatura cubana.

En 1838 los ideólogos del movimiento independentista fundaron la sociedad secreta La tri-nitaria y paralelo a ésta La filantrópica. La primera tenía como objetivo ganar adeptos para la lucha liberadora y la segunda, mantener al pueblo informado, mediante recitales poéticos, representaciones teatrales y otros tipos de actividades artísticas, del programa político de los trinitarios. Juan Pablo Duarte fue el gran ideólogo del movimiento emancipador que derrotó al ejército haitiano en 1844. A partir de ese mismo año surgen los llamados “Poetas de la inde-pendencia”, Duarte uno de los iniciadores de dicho movimiento. Sin embargo, la primer escritor importante de ese grupo fue Felix María del Monte. Desde muy joven Del Monte se incorporó al movimiento independentista. Como patriota estuvo afiliado a la sociedad secreta La Trinitaria, participó en la gesta de la Puerta del Conde y del 27 de febrero de 1844. Fundó los periódicos El Dominicano (1845) y El Provenir (1854) y colaboró con el Listín Diario. La mayor parte de sus escritos son de carácter patriótico, destacándose entre ellos: las letras del primer himno nacio-nal dominicano (1844), La vírgenes de Galindo y Duvergé o las víctimas del 11 de abril. Figura entre los primeros dramaturgos criollos que incorporó la desaparecida raza indígena quisqueyana a la literatura nacional. Otros poetas notables de ese período son Manuel María Valencia, los hermanos Javier y Alejandro Angulo Guridi, Nicolás Ureña de Mendoza. Los textos de estos poetas, influenciados generalmente por el espíritu romántico vigente en América Latina, apa-recen los primeros balbuceos de lo que posteriormente será la literatura nacional.

Pedro Santana, quien se alió al grupo de los independentistas para expulsar a las tropas invasoras del país, fue el primer presidente constitucional de la recién instaurada República (1844-1848). Luego le sucedió Buenaventura Báez (1849-1853), retornando nuevamente a la presidencia en dos ocasiones más (1853-1856) y (1857-1861). Poco tiempo después de asu-mir el poder, Santana entró en conflic-to con muchos de sus seguidores y con los principales integrantes del grupo duartista, enviando a va-rios de ellos al exilio. A los independentis-tas les resultó difícil conformar y mantener un gobierno que consolidara sus ideales libertarios y sus anhelos de establecer definitivamente el Estado dominicano. Pues mientras ellos se esforzaban por implementar un programa político-social que respondiera a las demandas de la naciente República, los sectores más recalcitrantes del conservadurismo nacional susten-taban la tesis de que la independencia nacional era un proyecto insostenible por sí mismo.

Ante esa situación el propio Santana propuso la anexión de la isla a España. Su propuesta prosperó y el 18 de marzo de 1861 fue proclamada, en la ciudad de Santo Domingo, la anexión de la República Dominicana a España. La acción de Santana fue repudiada inmediatamente en numerosos estratos so-ciales de la población. Ello dio origen a un movimiento antianexionista formado por escritores, políticos, intelectuales, patriotas y militares, propulsores de un amplio proyecto revolucionario que culminó en la guerra de la Restauración. En efecto, el 16 de agosto de 1863 los patriotas anti-anexionistas, coman-dados por Santiago Rodríguez y refor-zado, en la zona del Cibao, por Gregorio Luperón, enfrentaron a las tropas españolas. Después de varios encuentros sangrientos, en los que hubo bajas en ambos bandos, el 11 de julio de 1865, los restauradores expulsaron a los españoles del territorio dominicano dejando defin-itivamente consolidada la independencia nacional. A pesar del triunfo de los revolucio-narios, la República Dominicana entró en una difícil y compleja etapa política. Los conflictos entre con-servadores y liberales no cesaron y la dirección del país pasó indistintamente de un partido a otro. Los períodos de gobierno fueron tan cortos que entre 1865 y 1900 hubo alrededor de treinta presiden-tes y unas diez juntas gubernativas. La actividad política se convirtió, entonces, en una práctica común entre escritores e intelectuales.

La inestabilidad social generó inseguridad y pesimismo en la gran parte de la población induciendo a muchos dominicanos de alta y mediana formación cultural y académica a pasar de un partido a otro, dependiendo de la oferta que les hiciera el gobierno de turno. Ese pesi-mismo y vacilación se manifes-tarán luego en la producción literaria de un número considerable de artistas e intelectuales de la segun-da mitad del siglo XIX quienes, independientemente de su posición ideológica y de su filiación partidaria, no lograron desarticular los reductos de la cultura colonizadora que aún prevalecían en el país. Eso no impidió, sin embargo, la aparición de voces radicales que asumieron la defensa de la patria con fervor y entusiasmo naciona-listas. Tales son los casos de los poetas José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez y del historiador José Gabriel García. Si los políticos liberales y los patriotas dominicanos del siglo XIX tuvieron que vencer muchas dificultades para ver al país establecerse como nación libre, el triunfo no fue solamente de quienes fueron al campo de batalla a combatir al enemigo con las armas, los escritores también aportaron sus ideas al proceso de liberación nacional. Pero, de igual manera, éstos tuvieron que sobreponerse a las adversidades creadas por los sectores políticos y culturales más conservadores de la sociedad dominicana de entonces.

Luego de obtenida la independencia política surgió un nutrido grupo de poetas, cuentistas, drama-turgos, novelistas e historiadores que pusieron su arte al servicio del pueblo. La patria se convirtió, entonces, en tema recurrente. Los escritores de la época, testigos directos de las luchas emancipado-ras, comenzaron a exaltar la grandeza de la novel nación y a revisar los desaciertos de la colonización. La mejor muestra de eso es la poesía patriótica de Salomé Ureña de Henríquez, José Joaquín Pérez, Gastón Fernando Deligne y la prosa costumbrista de César Nicolás Penson.

Desafortunadamente, muchos escritores de orientación liberal, for-mados ideológicamente dentro de los movimientos emancipadores de 1844 y 1863, no pudieron substraerse de la herencia literaria de un imperio que, como el español, había trazado la política cultural dominicana durante más de tres siglos. La razón es sencilla: el pueblo domi-nicano, como otros muchos países de América Latina, logró la independencia política, no la independencia cultural.

Las primeras manifestaciones modernistas llegan tardíamente al a finales del siglo XIX. Los primeros textos modernistas dominicanos son Ars nova scribendi (1897), de Gastón Fer-nando Deligne; Ave únia (1898), de Bartolomé Olegario Pérez y en algunas de las composiciones del poemario Contornos y relieves (1899), de José Joaquín Pérez. De 1898 es también el libro de ensayo Notas y escorzos, de Tulio Manuel Cestero quien exaltó el carácter innovador de la producción poética de varios escritores y poetas modernistas latinoamericanos, entre ellos José Enrique Rodó, José María Vargas Vila y Rufino Blanco Fombona. Todos esos poetas usaron en sus composiciones varios de los recursos métricos empleados por los modernistas, pero ninguno de ellos alcanzó el nivel estético del discurso lírico patentizado por Rubén Darío.

Se le atribuye a Pedro Henríquez Ureña la autoría del primer poema realmente modernista difundido en la República Dominicana, Flores de otoño (1901). Sin embargo, las tres voces más representativas del modernismo dominicano son Valentín Giró, Osvaldo Bazil y Ricardo Pérez Alfonseca. Giró, quien se inició con Ecos mundanos en 1902, se consolidó como mo-dernista en 1907 cuando su soneto “Virgi-nia” fue premiado por la Sociedad Casino de la Juventud en los Juegos flores de ese año celebrados en San Pedro de Macorís. Pese a que el modernismo dominicano comenzó a debilitarse hacia 1921 con la aparición el Postumismo, todavía en tercera década del siglo XX muchos casos escritores dominicanos continuaron fieles la escuela rubendaria.

El siglo XX marca la llegada de la poesía moderna a la literatura dominicana. El punto de partida es Vigil Díaz, responsable del primer acercamiento de la poesía dominicana a las corrientes de vanguar-dias. Por medio del Vedrinismo Vigil Díaz inicia el divorcio de la poesía dominicana con la métrica tradi-cional española y despierta el interés renovador de sus segui-dores inmediatos, los postumistas, quie-nes apoyados en la inquietud transformadora y nacio-nalista que los caracterizó alejaron la lírica nacio-nal de los motivos foráneos derivados del romanticismo y el modernismo.

Los postumistas lucharon por una poesía en la que el hombre dominicano fuera su principal prota-gonista. A partir del Postumismo la poesía dominicana crece, se engrandece rápidamente y surgen las voces más nítidas y certeras de la lírica nacional: Tomás Hernández Franco, Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral y Pedro Mir. Todos poetas independientes, vícti-mas, de una manera u otra, de la tiranía trujillista que los obligó a vivir por largos años en el extranjero. A ellos siguieron: Franklin Mieses Burgos, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Antonio Fernández Spencer, entre otros, quienes usando como lema "Poesía con el hombre universal", libraron desde su reducido espacio isleño, una lucha si-lenciosa pero, al mismo tiempo, significativa contra el régimen de Trujillo.

La Generación del 48 agrega cinco poetas importantes a la bibliografía poética dominicana: Abelardo Vicioso, Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda, Víctor Villegas y Luis Alfredo Torres, herederos de los postumistas y de los sorprendidos. Los poetas del 48 utilizaron un lenguaje más directo y desnu-do que sus antecesores y trataron de encaminar su discurso poético hacia la búsqueda de lo dominica-no-universal. La poesía de los cuarentiochistas alcanza su mayor desarrollo después de la muerte de Trujillo.

A la Generación del 48 le sigue la Generación del 60, aparecida a raíz del asesinato de Trujillo, en 1961. La poesía de la Generación del 60 difiere notablemente de toda la poesía pro-ducida en el país hasta ese momento. La desaparición de la maquinaria trujillista, que condujo a la juventud de la época a plantearse un alejamiento total de todo lo que estuviera ligado al trujillato, y el repudio a la segunda intervención norteamericana al país, ocurrida en 1965, dieron como resultado una poesía que casi siempre sacrificó su valor estético y su calidad artística a cambio de poder expresar abiertamente las inquietudes sociales y las aspira-ciones políticas del pueblo. Entre las voces representativas de ese período cabe destacar a René del Rico Bermúdez, Miguel Alfonseca, Enriquillo Sánchez, Jeannette Miller, Norberto James, Andrés L. Mateo, Mateo Morrison, Tony Raful, Soledad Alvarez, Alexis Gómez Rosa, Chiqui Vicioso, José Enrique García, Radhamés Reyes Vásquez y Cayo Claudio Espinal, entre otros.

La Generación del 80 es el más reciente grupo de poetas dominicanos. Su estética se aleja conside-rablemente del discurso poético de los sesentistas, sus antecesores inmediatos. Co-menzaron a publi-car a partir de 1978, cuando finalizó el período de los doce años del gobierno de Joaquín Balaguer. Los talleres literarios han ofrecido a los ochentistas, mediante el análisis de textos, la lectura constante, la crítica objetiva y el acercamiento a otras tendencias y corrien-tes poéticas internacionales, la oportu-nidad de asumir el trabajo creativo como una actividad que está por encima de la simple reproducción de la realidad política y social.

Si la Guerra de abril de 1965, más la tensión social que vivió la República Dominicana du-rante la primera etapa del gobierno de Joaquín Balaguer, denominado "Período de los doce años" (1966-1978), sirvieron de alicientes a los poetas de la Generación del 60 y Post-guerra para la revisión de los mode-los artísticos y culturales establecidos por el régimen trujillista y sus sucesores; la victoria electoral del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) marcó el cierre del discurso poético generado por ambos episodios. En efecto, con el ascenso al poder del PRD quedaron atrás las presiones políticas y las persecuciones ideológicas que habían generado el carácter belicista de las artes nacionales.

Políticos, intelectuales, artistas y escritores vieron en el régimen recién instaurado una nueva luz para los dominicanos, y la oportunidad de ayudar, desde un puesto público, a los sectores desposeídos a obtener lo que la administración anterior les había negado por muchos años: tranquilidad e igualdad social y mejores condiciones económicas. Pero la luz no resultó tan resplandeciente como ellos y otros esperaban, el PRD hizo un gobierno populista. Muchos de los que anhelaban llegar a la cúspide, para poner en práctica sus nobles ideales revolucionarios, se petrificaron detrás de los escritorios o se dejaron arrastrar por la ambición económica y la fuerza arrolladora del poder. La mala administración, el despilfarro general y la corrupción que les censuraron a sus adversarios políticos del gobierno anterior se adueñaron de ellos y, repentinamente, muchos dominicanos vieron desplomarse toda posibilidad de progreso entrando, por consiguiente, en un grave estado de crisis espiritual y de reflexión.

Fruto de ese estado de crisis es el grupo de poetas que reemplaza a la Generación del 60 y a los Poetas de Post-guerra: la Generación de los 80. Estos poetas, que para 1978 eran prác-ticamente adolescentes y apenas comenzaban a ensayar sus primeros versos, tuvieron que enfrentarse a todas las dificultades que implicaba vivir en un país lleno de conflictos sociales, morales y espirituales.

Refiriéndose a la compleja situación del momento, Miguel de Mena expresa: "surgió una honda preocupación por la finitud del ser, por la muerte, por la metafísica de las costumbres y el heracliteano baño, que no es el mismo nunca. El absurdo en unos, el nihilismo en otros, esperanzas en nuevo orden en el inconsciente de todos, el sentimiento de consumación de los tiempos y las respuestas a las farsas de nuestra época" (Poetas de la crisis, 5).

La lista de los integrantes de la Generación de los 80 es inmensa y la mayoría de ellos pro-vienen de los talleres y grupos literarios surgidos desde el inicio de esa década, tanto en Santo Domingo como en varios pueblos del interior del país. Los talleres han ofrecido a los ochentistas, mediante el análisis de textos, la lectura constante, la crítica objetiva y el conocimiento de otras tendencias poéticas interna-cionales, la oportunidad de asumir el trabajo creativo como una actividad que está por encima de la simple reproducción de la realidad política y social que caracterizó la producción de sus antecesores inmediatos. De esos talleres literarios el César Vallejo fundado, en 1979 por Mateo Morrison y adscrito al Departamento de Extensión Cultural y Difusión Artística de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, ha desempeñado un papel protagónico entre los demás y de él han salido la mayoría de las voces más destacadas y representativas de dicha generación: José Mármol, Plinio Chahín, Tomás Castro, Dionisio de Jesús, Juan Manuel Sepúlveda, César Augusto Zapata y José Acosta.

Otros talleres y grupos, de menor nombradía y duración, tales como el Francisco Urondo, Colectivo de escritores Y... punto, Domingo Moreno Jimenes, Tomás Hernández Franco, Franklin Mieses Burgos, Octavio Guzmán Carretero, Juan Sánchez Lamouth y El Círculo de mujeres poetas, han añadido nombres de valía a esta generación, entre ellos: Pedro Ovalles, José Alejandro Peña y Adrián Javier. Es una poesía que está más cerca de los sorprendidos Rafael Américo Henríquez, Franklin Mieses Burgos y Freddy Gatón Arce o del independiente Manuel del Cabral que de cualquier representante de la poesía sesentista o de post-guerra.

La presencia de voces femeninas en la Generación de los 80 es abundante y muy significativa. Por primera vez la literatura dominicana registra tantos nombres de mujeres poetas y escritoras. El amplio espacio ocupado por Aída Cartagena Portalatín y Carmen Natalia Martínez, únicas protagonistas del escenario poético nacional de todo el siglo hasta los años 60, se convirtió también, entre 1960 y 1980, en el espacio de Jeannette Miller, Chiqui Vicioso y Soledad Alvarez. Luego, en la década de los 80, se desplazarán en ese mismo terreno, Sabrina Román, Mayra Alemán, Carmen Imbert Brugal, Sally Rodríguez, Carmen Sánchez, Martha Rivera, Miriam Ventura, Marianela Medrano, Aurora Arias e Ylonka Nacidit Perdomo.

Para la mayoría de los poetas dominicanas de los 80, escribir no sólo conlleva el enfrenta-miento con la página en blanco. Se nota en ellas, en concordancia con la producción de otras poetas latinoame-ricanas de la misma época, un insistente cuestionamiento al papel de ente pasivo asignado por la so-ciedad patriarcal a la mujer, así como una evidente preocupación por transformar la imagen de objeto sexual, madre perfecta y ama de casa sacrificada y entregada al hogar, cualidades que durante muchos siglos han servido de parámetro para valorizar a la mujer y justificar su existencia como ser humano. Es una escritura de compromiso, contestaria, que además de ser femenina, en algunas de sus voces se hace feminista.

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